lunes, 2 de febrero de 2009

la muerte indigna

Hay temas que son intratables. El de la muerte, por ejemplo. He comenzado a leer un libro titulado El buen adiós. El prólogo es de Alejandra Vallejo-Nágera.

Trascribo unas palabras: "Nuestra disparatada sociedad muestra pasmosa apertura a lo soez; se blasfema en una canción, copula en el escenario o defeca en el cine sin que la gente se ofenda..., pero casi está prohibido hablar de la muerte con tranquilidad".

Cierto, solo se oye hablar de "la muerte digna", como si el dejarse morir cuando a uno le toca, sin adelantarse, fuera muerte indigna.

Gran paradoja.

1 comentario:

Miguel Ángel dijo...

No creo que precisamente en este asunto nuestra sociedad sea disparata. O sí. Me explico.

El hombre está preparado para presenciar todas esas barbaridades, o incluso convivir con ellas, porque forman parte de él. Son barbaridades cotidianas, frente a las que estamos insensibilizados. Nos dan igual, porque estamos acostumbrados a esas atrocidades (y eso posiblemente sea una atrocidad).

En cambio, la muerte, o mejor, la Muerte, es otro cantar. Ante ella no valen excusas, ni sobornos. Gracias a ella, cada cual se enfrenta a sus propios juicios, uno ante sí mismo, en la vejez (lo llaman conciencia), y otro ante otro Juez (el tiempo para los incrédulos, el Señor para los creyentes). La muerte es el momento en que cada uno, por así decirlo, es puesto en su sitio. Y pocos están preparados para semejante prueba, si ni siquiera son capaces de vivir en paz.

No es el proceso biológico de descomposición lo que tanto tiempo ha aterrado y enmudecido a generaciones enteras, sino enfrentarse a la verdad y a la justicia absoluta, pues ésta, a diferencia de lo que estamos habituados, no hace distinciones. Tanto más aterra, cuanto es este momento el que da sentido a la vida entera, y uno ve que toda ella ha estado vacía y sin rumbo.

Quien habla con tranquilidad de la muerte, es quien ha vivido en paz, pues conoce sus méritos, sus fracasos, deberes y derechos. Pocos son ésos.

Por eso se habla tan poco de la muerte, y por eso, decía, no es disparatada nuestra sociedad (en este asunto), sino nosotros mismos. Es fácil echarle la culpa a la sociedad, especialmente en los días que corren, pero hay ciertas partidas (de ajedrez, qué si no) que ha de jugar cada uno, solo, frente a sí mismo.

Ahí queda mi humilde aportación. A ver qué se le ocurre a otro. Magnífica entrada, incluso para el nivel habitual de este blog.

Un saludo.